Capilla mayor
Capilla mayor
Capilla mayor
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La capilla mayor fue erigida en estilo gótico entre los años 1386 y 1398: los frescos del arco triunfal y del ábside, con la Anunciación en el frente exterior y la Crucifixión en el interior, se atribuyen a Martino de Verona. El altar con la mesa sostenida por el sarcófago de los obispos Lucillo, Lupicino y por el ermitaño Crescenziano, y ambón con una Anunciación del siglo XIV, es fruto de una readaptación moderna. Encima del altar mayor está situado el famoso Retablo de Andrea Mantegna.
El encargo a Mantegna por parte del abad Gregorio Correr se remonta probablemente al año 1456: la obra se entregó antes de 1460. Además de pintar, Mantegna diseñó también el marco del políptico y proyectó una zona autónoma para el coro de los frailes en la que el retablo, situado en el altar, es su conclusión natural. El autor hizo abrir la ventana por el lado derecho del ábside para que la fuente de luz natural coincidiera con la que representa la imagen. Rindió homenaje a la basílica usando el rosetón románico en representación de la aureola de la virgen y bajo la alfombra a sus pies. El tríptico se quedó en San Zenón hasta 1797, cuando lo trasladaron a Francia como botín napoleónico. En 1815 fue devuelto a la ciudad de Verona pero sin las tres predelas, actualmente guardadas en los museos del Louvre y de Tours: las que hoy acompañan a la obra son copias realizadas en el siglo XIX. El Retablo de San Zenón representa una Sacra Conversación: en un peristilo están situados, en una dimensión fuera del tiempo, la Virgen con el niño y los santos Pedro, Pablo, Juan Evangelista y Zenón a la izquierda, mientras que a la derecha reconocemos a S. Benedicto, S. Lorenzo, S .Gregorio y S. Juan Bautista; en el fondo se pueden ver fragmentos de un paisaje natural con una clara inspiración véneta. Cada santo aparece absorto en sus propias reflexiones sobre el misterio de la encarnación, aunque el aspecto innovador y revolucionario de este gran retablo de madera reside en su concepción. Las tres tablas superiores, aunque son distintas, componen un único gran cuadro: la arquitectura acentúa la ilusión perspectiva de la representación; la luz domina la escena como en un único ambiente que se concluye en el marco dorado, prosecución ideal del pórtico pintado.La reciente restauración ha descubierto, debajo del marco, una voluminosa serie de esbozos, apuntes y notas realizadas durante el trabajo por el mismo Mantegna. Con la limpieza han vuelto los colores a su brillo original resaltando la vocación plástica; véase, por ejemplo, la belleza de la disposición de los pliegues en la ropa, típico de la pintura de Mantegna y que se remonta, quizás, a su etapa de aprendiz joven en Pádova donde, en los mismos años, trabajaba Donatello. El retablo de San Zenón es una obra crucial para la carrera del pintor ya que del encuentro con el mecenas Gregorio Correr, que aquí se retrata con los rasgos de Gregorio Magno, nacerá una importante amistad que lo llevará a la corte de la familia Gonzaga en Mantova.


